Lorenzo Alzola
LORENZO ALZOLA: DEL AVIÓN DE PAPEL AL DE DESPEGUE VERTICAL
Lorenzo Alzola (Mondragón, 1932) está más ligado al aire que a la tierra. Las leyes físicas le empujan hacia abajo, pero él ha empeñado su vida en reducir las resistencias y a crear formas que en contacto con el aire tiren hacia arriba, se fundan con las nubes. Ha puesto toda su pasión (y sigue haciéndolo), en una disciplina cuyos protagonistas sobreviven en una cuerda oscilante entre la aventura, la ciencia, la incomprensión y el heroísmo. Desde que los hermanos Wright consiguieron dar su primer vuelo, cada investigador de la aviación es, a su manera, un pionero, un científico que consciente o inconscientemente va despejando incógnitas hasta conseguir su objetivo: Incógnitas que la mayoría de las veces despeja subido a lomos de ellas. Entre el primer billete de 100 pesetas (una fortuna) que Lorenzo convirtió en un avión cuando sólo tenía 7 años, y el aparato de despegue vertical que está desarrollando ahora, han pasado más de sesenta años y varias experiencias que dejan huella: 1980 no se le olvidará jamás ya que se pasó varios días quitándose espinas del culo tras hacer un aterrizaje forzoso en un campo de cardos con un pendular que se le iba descontroladamente hacia la derecha.
Ya casi desde su nacimiento la vida de este hombre pareció estar iluminada por la senda de los nombres más ilustres de la investigación aeronáutica. Lorenzo nació el mismo año en que Heraclio Alfaro, el piloto e ingeniero que da nombre al Aeroclub de Vitoria, volvió, temporalmente, de Estados Unidos al País Vasco. Apenas un año antes había patentado en EEUU su Baby motor, de apenas 25 kilos, y que a 3000 revoluciones empujaba 27 caballos de potencia. Aunque sin saberlo estaba poniendo los primeros tornillos de la aviación ligera y
Primer Koala
ultraligera y da la impresión de que Lorenzo, consciente de ello, no quería perderse ni un minuto de esa historia que comenzaba a surgir.
Nuestro entrañable amigo y constructor de aeronaves nació en Mondragón, donde tuvo los primeros contactos con los aviones mientras Heraclio Alfaro ya tenía en el Instituto de Tecnología de Massachussets una Cátedra de Aviación.
- Lorenzo distinguido en la Primera Reunión Nacional
- por su motor Citröen transformado
La Guerra Civil partió en dos al país pero no frenó la actividad constructora de Lorenzo. Apenas con siete años construyó con un billete de 10 pesetas su primer avión, n medio de las iras de su familia, que le puso a caldo por una inversión tan importante en aquellas fechas, para un objetivo tan etéreo. No obstante aquella bronca no le desanimó. Tras el conflicto que asoló el país se trasladó con su familia a Oñati y entró en contacto con la Escuela de Aeromodelismo de San Sebastián. A partir de ese momento pasó de lo aviones de papel a los de madera, cartón y otros materiales, pero ya propulsados por gomas, o simplemente veleros. “Cada vez que volvías del campo, las astillas de un aeromodelo que traías debajo del brazo te daban una lección”, explica Lorenzo. Era el empirismo puro. Diseñar y probar. Prueba y error, análisis, consolidación. Un sistema de trabajo que ha seguido utilizando, pero con la seguridad que le dan los amplios y autodidactas conocimientos de ingeniería aeronáutica que Lorenzo ha acumulado y aplicado con el paso de los años.
En aquella época, el franquismo copió todo lo relacionado con la aviación de la Alemania de Hitler y promocionó las disciplinas relacionadas con el aire, desde aeromodelismo, hasta vuelo sin motor, que entonces era gratuito, y en cierta manera la construcción amateur. “Los años antes de ir a la mili ya estaba viviendo en San Sebastián y allí conocí un panadero llamado Elías Egiguren. Elías se quedó fascinado por la fiebre constructora de Francia donde se estaban haciendo muchos aparatos de un modelo denominado Pulga del Cielo, que popularizo la aviación en aquel país. Era un biplano tandem, pero Elías se cansó de hacerlo y lo levó a no de sus almacenes de harinas. Le pedimos que nos lo dejara acabar y al Ayuntamiento de San Sebastián le solicitamos uno de los hangares del Hipódromo (había sido utilizado como campo de vuelo durante la guerra) para acabarlo y ponerlo en vuelo”, cuenta Lorenzo. Y así lo hicieron.
Se pusieron manos a la obra y le calzaron un motor de moto Harley Davidson y construyeron la hélice ensamblando trozos de madera y lijando. Sin embargo la emoción de aquellos momentos, la pasión del primer avión que Lorenzo tenía en sus manos se truncó en el despegue. Cálculos deficientes hicieron que no aguantara y se rompió la hélice y varios elementos más...
Aquello no fue más que el principio, era 1952, Lorenzo Alzola tenía 20 años y después del frustrante pero edificante e intenso “picotazo” de la Pulga del Cielo, Lorenzo se fue a la mili.
- Gran espectación del Super Koala en
- la Segunda Reunión Nacional
Si para el 90% de los mortales los recuerdos de esas cuatro letras son funestos, a Lorenzo se le ilumina la cara. La hizo en Zaragoza, en San Jurjo, y recuerda todos los amaneceres a bordo de una Bucker a la que se subía a las siete de la mañana, y bajaba “después de unos vuelos maravillosos”. Sacó el titulo de piloto privado y voló, y voló... quizás para cargarse las pilas ante el periodo más largo de su vida alejado de la aviación. Tras volver de la mili se instaló en Vitoria y, prácticamente hasta 1979, salvo por los contactos con algún que oto aeromodelo, su relación con la aviación no pasó de ser una relación platónica.
Ese año, justo en el que el Aeroclub de Vitoria es obligado a abandonar las instalaciones del viejo aeropuerto general Mola, en el que tenía seis aviones, Lorenzo decide renovar la licencia de piloto con el histórico club de vuelo de Álava, y reencontrarse con su viejo sueño de volar y hacer aviones. A los mandos de una Piper Tomahawk, renueva su compromiso con el aire y empieza la que será la etapa más fuerte y también más reflexiva de contacto con el aire.
De 1979 hasta 2002
Y digo reflexión porque Lorenzo reflexionó. Y no para retraerse ante los múltiples problemas que afloraban nada más pronunciar la palabra aviación, sino para comprometerse más, pero de otra manera. Al tiempo que renovó su licencia de piloto privado, en 1979, se inició en el vuelo con ala delta. “Hacía viento
Lorenzo premiado en Francia
racheado aquel día, pero no me resistía a no volar. Así que ya casi a la hora de la vuelta me lancé con la mala suerte de que a los pocos metros me cogió una racha, el ala entró en pérdida y me desplomé contra el suelo”. En aquella época se viajaba sentado en las alas delta, y con el golpe Lorenzo se comprimió varias vertebras. El trasero aguantó bien, pero su estructura se resintió. Lorenzo, que había sido diseñado para aguantar golpes intelectuales, aquel día se resintió, ante una agresión física de semejante calado. Koala monoplaza
Motovelero con dos hélices y un motor KonigPero no hay mal que por bien no venga. Aquel periodo de reflexión en la cama, tripa arriba y sin poder moverse le vino bien porque la aviación con la delta perdió un adepto, pero lo ganó la de los aparatos con motor.
De aquel periodo Lorenzo recuerda la decisión de comenzar a construir aviones con motor. Quizás por su reciente pasado como piloto de ala delta se decantó por diseñar su primer ultraligero pendular. Pero estaba claro que la palabra DELTA, asociada a Lorenzo Alzola significaba PROBLEMAS PERSONALES.
Obstinado y comprometido con sus propias ideas sacó adelante su primer pendular y fue a probarlo al antiguo aeropuerto General Mola de Vitoria que conservaba en regular estado su pista de cemento. Pista que ya solo utilizaban los aeromodelistas y los amantes de las cometas. Después de varios días dando pequeños saltos por la 04/22, comprobando los mandos, la potencia del motor, la estabilidad de aparato, y sobre todo si tenía extrañas preferencias por el picado o encabritamiento, Lorenzo se decidió a tomar altura. “Me estuvieron sacando pinchos del culo una semana” recuerda con una sonrisa pero sin nostalgia. Al coger altura el avión comenzó a desplazarse hacia la derecha sin posibilidad alguna de controlarlo, así que aterrizó como pudo y donde pudo, con la mala suerte que cayó de lleno en un campo de cardos.
(Nota del autor: Aunque Lorenzo guarda un discreto silencio sobre ese momento y los posteriores, cabe pensar que el concepto ALA DELTA fue borrado temporalmente de su disco duro en medio de un denso, concienzudo y reiterativo repaso al santoral)
Poco después nació el Koala, un avión biplaza, tres ejes, y con unas condiciones de vuelo que han enamorado a sus jinetes, razón por la cual sigue en vuelo 18 años después. Lorenzo construyó cinco Koalas, y podía haber hecho y vendido muchos más, pero la crisis industrial, económica y social de mediados de los 80 invirtió las tendencias consumistas de los españoles, que optaron por enfriar los bolsillos. Lorenzo Alzola comenzó entonces con otro de sus proyectos que desarrolló con gran éxito. Diseñó y puso en vuelo cinco autogiros. Al igual que Heraclio Alfaro, que desarrolló junto a Juan de la Cierva partes del rotor original, Lorenzo diseño un prototipo y después cinco aviones que vendió a pilotos de Palma, Ibiza, Santander, San Sebastián y Alicante. Todos ellos siguen en vuelo menos el de San Sebastián que recientemente sufrió un accidente.
Pero su actividad constructora no tiene límite. Al tiempo que trabajaba en los autogiros comenzó el diseño de un motovelero precioso. Uno de esos aviones que cautivan por sus formas suaves y sensuales, que aumentan las palpitaciones nada más verlo e imaginar un vuelo a sus lomos.
“El motovelero tiene ya más de 6.000 horas de trabajo, es muy exigente”, dice Lorenzo mientras acaricia la estructura de su timón de dirección.El proyecto está muy adelantado. El primer prototipo se puede palpar, muy avanzado, en su taller del polígono industrial de Jundiz en Vitoria, el verdadero refugio de su talento. Allí conviven turbinas, con moldes de fibra de vidrio, hélices de madera que ha pulido con sus propias manos, la estructura de dos ultraligeros biplaza de ala alta, los motores de un Citroen Visa que va a adaptar para otros ultraligeros monoplaza que tiene entre manos, y los planos y diseños de su avión de despegue vertical. Entre cientos de libros de ingeniería aeronáutica en los que bucea, el Autocad, y lijas y limas, Lorenzo no descansa ni un minuto.
“No me gusta marcarme plazos, pero los tres biplazas de ala alta, los dos monoplazas y espero que el motovelero, deberían estar acabados a lo largo del próximo año para, a partir de 2004 dedicarme ya en casi en exclusiva al avión de despegue vertical”. Ya tiene cientos de planos, diseñada la cabina, la estructura, calculadas las resistencia y empujes, la ingeniería, el interior.... Es impresionante. “Hace cuatro años que compré la turbina que le voy a poner y desde entonces estoy con el diseño preliminar”, cuenta emocionado mientras amplia con el ratón zonas de los planos en la pantalla del ordenador. El aparato que diseña volará a 400 kilómetros por hora, y llevará en su interior a dos personas. En vuelo estacionario consumirá unos ocho litros, frente a los 150 por minuto del Harrier. “Es el proyecto fantástico” dice satisfecho de la marcha de un prototipo que le emociona. Jubilado desde hace ocho años, Lorenzo Alzola es uno de esos pensadores y prolíficos realizadores de la aviación cuya persistencia indefinida en el tiempo debiera de estar garantizada. “Ahora, por primera vez en mi vida, hago lo que quiero”, dice. Es una pena que no exista una legislación tan progresista que permitiera jubilarse a este tipo de personas a los 20 años. Jubilarse para pensar más en el aire, para que la distancia entre el avión de papel y el de despegue vertical no hubiera sido tanta, para que, siendo egoísta, muchos más nos hubiéramos podido beneficiar de sus trabajos y de sus magníficas obras. De su persona ya disfrutamos quienes tenemos la inmensa suerte de conocerle y admirarle.
PEDRO GOROSPE, Vitoria
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